Diste
vueltas por rincones que no conocías, por sentimientos que no recordabas, por
calores que todavía no viviste.
Y
ahí estás feliz. Ahí, justo ahí, en ese rinconcito lleno de paz. Lleno de
sonrisas, de miradas, de luz de marfil.
Lleno
de tu magia, y de la suya. Lleno de los dos.
Y
después de tanto pensar, por fin rompes con la distancia.
¿Y ahora sos
feliz, no? Miralo, ahí está. Con los brazos abiertos esperando que te acerques
y te acurruques en su cuello. Y te quedes ahí.
Y se queden así.
Y abrirle las
jaulas al tiempo, dejar que vuele por donde quiera, que extienda las alas y se
vaya, o se quede. Que decida de una vez.
Después de todo, ¿a
quién le importa el tiempo? Si vos ya estás en el lugar más seguro, donde nada
ni nadie puede lastimarte. Donde todo está tranquilo.
Sus brazos.
Y ahora aseguras
estar bien. Feliz.
Lo estás. ¿No?
Mirando tu imagen,
mi reflejo, puedo asegurar que si, nadie es más feliz que vos en esos momentos.
Nadie es más feliz que yo.
Enfrentada a un
espejo afirmo que en sus brazos no me quedarían dudas de dónde quiero permanecer.
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