Pasan las horas… A veces demasiado rápido.
Tanto que el tiempo parece correr más rápido que uno.
Cansa correr a la par. El corazón se agita. Las
ganas se rinden, y la voluntad se muere.
Los ojos siguen brillando, pero las ganas… se
caen al piso.
Y estamos solos.
Todos.
El aire parece agotarse, el camino se alarga a
cada paso, la voz se va apagando, el cielo se oscurece, las manos tiemblan y el
cuerpo se desvanece hasta desplomarse.
El llanto recorre lentamente la garganta hasta
formar un nudo difícil de desatar.
Las agujas aceleran su paso, y resuenan y
duelen cada segundo.
El dolor es insoportablemente inevitable.
Las canciones lejanas ya no se escuchan. Las
manos ya no se tocan. El calor se enfría, y el frío se apodera de la enorme burbuja.
Y seguimos solos. Uno acá, otro allá, los demás
más lejos, siempre separados.
La distancia absorbe todas las fuerzas que
quedan. Todos parecen rendirse. El tiempo parece despegar los pies del suelo y
volar.
El agua no corre, se estanca.
Y de repente…
Y de repente…
El canto de un ave hace que la mirada se alce
al cielo.
El agua comienza a correr, se escucha su fluir
en un lugar no muy lejano.
El día comienza a cobrar vida lentamente.
El corazón comienza a latir más rápido.
Las ganas de a poco se levantan.
La voluntad resucita de forma abrupta.
El cuerpo renace y comienza nuevamente a
moverse.
La mirada se agacha y no muy lejos se observa
una figura que indica que no estamos solos.
La figura se acerca, camina moderadamente, cada
vez es más grande su volumen.
De repente se observa una mirada, un brillo en
un par de ojos claros como el firmamento, una piel suave y blanca como la mañana.
Y una sonrisa… Una sonrisa que automáticamente
se contagia.
Y ya no estamos solos.
Cada uno encontró a su figura, a su mirada, a
su sonrisa.
Ya no es uno. Ahora son dos. El caminar es
compartido.
Y el mal se aleja rápidamente, temeroso de esa
fuerza producida por la unión de la figura con el ser que andaba solitario.
Ya estoy bien, ya me ordene en mi desorden.
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