Alto, muy
alto. Lejano. Así de inmenso es el vuelo de las aves.
Así como
el tiempo. Así como el alrededor. Así como las gotas de la lluvia.
Linda,
tan linda es la lluvia. Y tan imposible de agarrar.
Estaba
sentada un día, en aquel rincón de aquel pensamiento eterno, con los ojos
cerrados pensando en la nada, con los puños apretados, tanto que hacía doler;
murmuraba el viento, no le entendía mucho, pero ahí estaba su sonido, tan cerca
de mis oídos. Golpeaba el tiempo la ventana. No quería abrirle.
Y la
lluvia incesante, caía con tanta furia que no mojaba el suelo, no ahuyentaba al
sol, no traía nubes negras.
Me dolían
los pies de tanto, tanto caminar. Por caminos rocosos, sucios, interminables,
lisos, apretados, iluminados, aireados.
Mi
sonrisa la tenía guardada en la mochila, preparada para ocasiones especiales.
No podía desperdiciarla.
Y ahí
estaba, en aquel rincón, abrazada a mi misma, con la mente en gris, con los
ojos perdidos, cuando de repente, te vi pasar.
Llevabas
con vos las palabras justas, las frases encajadas con los momentos perfectos,
las risas necesarias, no más que esas, la seriedad absoluta en los instantes más
precisos. Y una confianza y sinceridad inigualable.
¿Y cómo
no hacerlo? ¿Cómo evitarlo? De verdad, ¿cómo?
Era
inevitable sorprenderme ante tal imagen. No podía permitirme seguir ahí,
tirada.
Así que te seguí.
Imposible no encontrarme ahora,
rodeada de palabras. Todas tuyas.
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